Nuestro sistema económico occidental, el mismo que en estos momentos está saltando en pedazos, se ha basado en los siguientes principios:
- Mantener un nivel alto de empleo.
- Aumento de la productividad.
La aplicación de estos dos principios ha dado como resultado una escalada creciente en la producción y puesta en el mercado de más productos.
El aumento de la productividad del sistema industrial, hasta los años sesenta y setenta, estaba determinado por el “fordismo”, es decir, por la cadena de producción.
A partir de los años ochenta, este modelo empieza a dejar paso a la revolución informática y a uno de sus derivados: la robótica.
Este cambio supuso un gran aumento de la productividad, acompañado de una importante reducción de la mano de obra necesaria para la producción del mismo número de unidades.
Un ejemplo claro es la industria del automóvil. La cadena “fordista”, suponía el empleo de grandes cantidades de mano de obra, pero, con la progresiva introducción de los robots y la informatización de la producción, la necesidad de horas de trabajo “humanas” para la fabricación de un automóvil, se vio considerablemente reducida.
Todo este proceso se fue imponiendo en la mayoría de sectores industriales.
Pese a este cambio en la cantidad de trabajadores necesarios para la producción de un producto, el paro en las sociedades occidentales, no disminuyó, salvo periodos de crisis.
Cómo se ha conseguido tener altos niveles de empleo -cuando los avances tecnológicos han reducido considerablemente la cantidad de mano de obra para hacer un producto-, no tiene ningún secreto: produciendo más bienes de consumo.
Esta espiral de interdependencia entre producción y consumo, nos ha traído un modo de vida que tiene unas consecuencias muy importantes, más allá de las meramente económicas.
Yo hablaría de dos tipos de consecuencias de este modelo, unas ecológicas y otras éticas o morales.
Las primeras suponen una depredación acelerada de nuestro planeta, para producir más cosas necesitamos, lógicamente, más materias primas y, a la vez, generamos más residuos.
El segundo tipo de consecuencias son de índole ética y moral. En nuestras sociedades vivimos con un nivel de consumo, de adquisición de productos, verdaderamente inmoral. Basta con que miremos cualquier habitación de nuestra casa para descubrir la cantidad de cosas que tenemos, que hemos comprado, y que no son necesarias para vivir.
Pero, claro, si consumimos menos, las empresas venden menos, por lo tanto, sobra mano de obra, por lo tanto, hay más gente en el paro...
Pues sí, esto último es cierto, pero sólo si partimos de las premisas que nos han llevado a la situación actual.
Si, por el contrario, pensamos que no son necesarias tantas cosas para vivir cómodamente y, en consecuencia, no consumimos tantos productos, ¿qué hacemos con la gente que se vería empujada al desempleo?.
A esta pregunta ha habido bastante gente que le ha dado su respuesta: el reparto del tiempo de trabajo. Reduciendo las horas de trabajo de todo el mundo, crearíamos más puestos de trabajo.
Si estuviéramos de acuerdo en que no necesitamos consumir tanto, quizá con un sueldo menor tendríamos lo suficiente para vivir cómoda y dignamente.
Por lo tanto, cuando los dirigentes políticos mundiales están hablando de cambiar las bases del actual sistema económico, sería un buen momento para que introdujeran las variables de menos horas de trabajo por persona, menor producción de bienes y menor consumo.
Aunque, desgraciadamente, estos principios no han aparecido en el debate actual. Éste se está centrando en las bases financieras de nuestro sistema, pero, aunque es un elemento a cambiar, no va a resolver algunos de los problemas de base de esta crisis.
Yo no estoy hablando de acabar con el sistema económico capitalista, sino de analizar sus principios, aportando una dosis de racionalidad ética y moral que pongan en cuestión el consumo insaciable y sin fin.
Nuestro modelo de consumo es el que ofrecemos como tarjeta de presentación de las bondades del capitalismo, al resto de sociedades que no se mueven con este modelo. Se ha hablado una y mil veces de qué pasaría si un país como China llegara a los niveles de consumo de energía por habitante que posee Estados Unidos y, claro, no es descabellado que los ciudadanos chinos deseen tener el mismo nivel de consumo que los americanos. Dónde está escrito que unos sí y otros no.
Por lo tanto, esta crisis nos está brindando una oportunidad histórica para realizar cambios profundos en nuestros sistema económico mundial.
¿La aprovecharán aquellos que tienen la responsabilidad histórica de hacerlo?.
Pero cuidado, no es sólo responsabilidad de los dirigentes, todos y cada uno de nosotros tiene su trocito de culpa, podemos, con nuestra acción diaria, consumir un poquito menos, prescindir de cosas superfluas, etc. La actual crisis ha llevado a nuestras sociedades a hacerlo, todos los datos afirman que se ha reducido el consumo.
El problema es que, con nuestro actual modelo, este hecho está suponiendo la reducción de mano de obra, el despido de grandes cantidades de trabajadores. Creo que esta situación nos ofrece un buen momento para experimentar con la reducción de horas de trabajo y la reducción de los salarios. Es un buen momento para la “reducción del tiempo de trabajo”.
P.D. Este blog lo llevamos a medias Marlu y yo.
J.A.Espinós.
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María, Pepe: gracias por pasar por mi blog y por los conceptos emitidos. También me doy una vuelta por aquí para conocerlos virtualmente.
ResponderEliminarRespecto al post, lo que planteas es otra de las grandes encrucijadas que en todos lados enfrentamos: Como quebrar ese círculo de producción-consumo sin afectar el empleo y la calidad de vida.
En fin, un abrazo para ambos y a tratar de mantener vivo el blog.
Mauricio, desde Chile.
Gracias Mauricio por los ánimos. El tiempo que nos queda para mantenerlo no es mucho, pero, con tus visitas nos ayudas a buscar tiempo.
ResponderEliminarLa verdad es que sí es necesario repartir el tiempo global de trabajo entre todos los trabajadores. Si así fuera, seguro que tendríamos más tiempo para relacionarnos en la red.
Gracias de nuevo.
Pepe.